¡AY, qué pereza!

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Seguro que no es la primera vez que has dicho esta frase o que se la has escuchado a alguien. Y es que a todos nos ha dado pereza hacer algo en algún momento.

Dejar de hacer algo en un momento determinado nos puede pasar, pero cuando ello se convierte en rutina, en un hábito y una excusa para no hacernos responsables de las tareas que tenemos que hacer, es cuando aparece un problema.

La pereza es sinónimo de acumulación de tareas en la cabeza. 

Sabes que tienes que hacerlas, que ponerte en marcha, pero…”mañana será otro día” . Y llega mañana, y se convierte en pasado mañana, y luego al día siguiente. Y a todas las tareas pospuestas de un día se van sumando las de los días posteriores.

¿Qué pasa entonces? ¿Qué sentimiento aflora entre tanta procrastinación?

Te estresas, sientes que te estás traicionando. 

Y eso nos lleva a sensaciones pesimistas y de baja autoestima en muchos casos.

He comprobado a lo largo de mis años de experiencia profesional que muchas veces es la base del mantenimiento de diversos problemas psicológicos, un caldo de cultivo. 

Las nuevas tecnologías, que nos ayudan en muchas tareas tienen su contrapartida negativa: nos hemos acostumbrado demasiado a la “gratificación inmediata”.  A conseguir cosas sin necesidad de esfuerzo, ni tiempo de espera.

Queremos saber algo, pues solo hay que buscar en san google y todo estará resuelto. Que no hay comida en la nevera, pues llamamos a uno de los múltiples negocios de comida a domicilio y ya está. 

Y sí, todo esto está muy bien, porque nos ayuda a ahorrar tiempo, pero nos estamos acostumbrando a la ley del mínimo esfuerzo. A que nuestros problemas o necesidades se resuelvan con la implicación de otros agentes externos y no la nuestra.

La vida, nuestros objetivos vitales, nuestras metas, no se resuelven a golpe de clic. Tenemos que actuar, ponernos en marcha, y en el camino siempre vamos a encontrarnos con dificultades. 

Y claro, tenemos que pensar en cómo solucionarlas y ahí es donde surge el problema: empezamos a poner excusas para no hacer, no decir, no actuar. 

Eso no hace que la tarea pendiente se ejecute sola o que cualquier dificultad se solucione por sí misma. Requiere siempre de nuestra participación.

La mayoría de las veces que se procrastina (se posterga) las emociones juegan un papel importante.

Sabemos que tenemos que realizar determinadas tareas, pero requieren de nuestro esfuerzo. Nos da miedo no llegar a su finalización por las dificultades que podamos encontrarnos. Aparece un malestar y tratamos de huir de él.

Vivimos en una sociedad hedonista. Buscamos el placer a toda costa y no hacernos cargo de nuestras responsabilidades. 

Huimos de cualquier cosa que no nos produzca una satisfacción inmediata. Por eso nos ponemos a hacer otras cosas menos importantes, pero que nos reportan un sentimiento gratificante al instante: miramos las redes sociales, vemos una serie, compramos algo “no necesario” en Internet, quedamos con amigos o chateamos por whatsapp. 

Y sí, nos sentimos bien por un rato, pero las tareas pendientes ahí siguen. Pendientes.

Sólo hemos aplazado lo que tenemos que hacer para más tarde, para otro día, para luego. 

Y sabemos que cuando llegue de nuevo el momento de ponernos a ello buscaremos otra excusa para no hacerlo. Esto acaba en una espiral de la que nos resulta muy difícil salir.

¿Qué hacer entonces?

La mentalización es la clave para pasar a la acción. Responsabilizarse de nuestros propios actos y asumir que para conseguir objetivos hay que cambiar.

Todo cambio requiere de un esfuerzo y ese esfuerzo forma parte también de la mentalización. 

Los procesos de cambio se consiguen con trabajo firme y perseverante.  Y eso no es fácil cuando la pereza y la procrastinación se han convertido en hábitos (tenemos casi siempre en verde el piloto automático de la gratificación inmediata), y eso nos hace estar en el mismo punto, quejándonos, y esperando un resultado diferente en nuestras vidas. Eso nunca sucederá. Si sigues haciendo lo mismo, el resultado será siempre el mismo, o peor.

Pero te aseguro que la satisfacción después de superar un reto y ver un cambio positivo que se convierte en hábito es mucho más placentera que procrastinar para ver tus redes o chatear con amigos.

En una ocasión, hace unos años vino a mi consulta un atleta profesional. Le llamaremos Luis. 

Tenía un sobrepeso importante, casi rozando la obesidad. Se fracturó la tibia y el peroné y su vida deportiva acabó. 

Después de varias operaciones y su consiguiente rehabilitación, Luis tuvo que asumir que su pasión, su medio y estilo de vida habían terminado. Pero no lo asumió y eligió un camino “fácil”.  Dejó de hacer: se volvió sedentario, ya no quedaba con amigos, se aisló socialmente. 

Se aburría y tenía ansiedad que combatía con la comida. 

Luis estaba encerrado en un círculo vicioso del que no podía salir. O así lo creía él cuando acudió a mi consulta. Porque de todo se sale. 

Hasta que tu mente no recibe el mandato de que en la situación de pereza y procrastinación no se alcanzan objetivos, y solo se obtienen perjuicios en todos los niveles, no hay posibilidad de cambio.

Siempre hay luz al final del túnel, pero para llegar a ella hay que transitar por todo el túnel. 

Que está oscuro y en ocasiones será muy tentador retroceder.

 

7 Consejos para vencer el mal hábito de la pereza

  1. Tienes que identificar las causas que te han llevado a dejarte vencer por la inacción.
  2. Crea un horario flexible con pocas tareas, las justas. Aquellas que sepas que vas a poder realizar.
  3. En ese horario haz primero las tareas más importantes y dedica menos tiempo a las menos urgentes.
  4. Ponte objetivos realistas (cumplibles) y metas pequeñas.
    Divide esos objetivos en pequeñas tareas a corto plazo. En el caso de Luis, empezó caminando dos kilómetros la primera semana y dejó de comprar chocolate y golosinas. Solo la primera semana. Eso le motivó para seguir la siguiente semana con ese plan aumentando sus objetivos cada vez un poco más.
  5. Disfruta del camino. No te centres en la meta final. Hay que ir paso a paso y observar las sensaciones que te produce cumplir con esos mini objetivos.
  6. Recompénsate cuando cumplas con un objetivo. Es una manera de valorar nuestro esfuerzo. Cuando Luis perdió sus primeros 5 kilos, llamó a un par de  amigos y se fue con ellos a cenar…pero con moderación. Lo importante era retomar el contacto con su círculo social y volver a sentirse bien consigo mismo.
  7. Crea un horario en el que incluyas actividades de ocio. El descanso es tan importante como la actividad. Con él recargamos pilas para seguir adelante.

Nunca es tarde para romper el círculo vicioso de la pereza y la procrastinación. No te des por vencido/a antes de empezar,  ni te tortures pensando en ello. 

Solo ser constante te ayudará a vencer el miedo a transformar el hábito de la pereza en el de la acción y motivación para alcanzar tus objetivos.

La pereza es uno de los mayores lastres de la sociedad actual, sobre todo está muy instalada en jóvenes. Vencerla es lo único que te garantiza avanzar y conseguir tus objetivos.

 

Quiero una cita con Carlos

 

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